Un día de compras

Desde que empecé a escribrir hace unos cuantos bastantes años la gente me ha llegado a decir de todo. “Qué puta mierda es esta”, “qué bien escribes”, “me encanta <3", "qué hartón de reir". Pero hay algo que me dicen casi todos con los que he hablado acerca de mis vivencias escritas: "¿Cómo puedes hacer un tocho de algo tan simple?".

Pues la verdad… no lo sé. Pero bueno, es algo que me sale. Y como ejemplo he hecho un pequeño escrito basado en hechos reales que se llama:

Un día de compras.

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Comprar. Comprar es algo que hacía en mi adolescencia con mucho gusto. Me gastaba mi escaso sueldo de campesino en cacharros tecnológicos varios que en su gran mayoría no necesitaba o directamente no funcionaban en el contexto que yo quería usarlos (aquel aparato transmisor de señal RGB para los cables de la consola… ¿por qué no hacía felaciones?). Hoy en día, sumergido en mi adultez, las compras no son con tanto gusto y son más banales. Comprar comida, comprar detergente, comprar comida again, comprar los servicios de una señorita en la calle…

— Joven, ¿me ayuda a cruzar la calle?
— Claro, señora. Tenga, diez euros.

Como digo, comprar cosas muy banales, terrenales, vulgares, vacías, sencillas… y no, en la lista de la compra no entran cerebros fascistas. No me gusta la casquería.

Aquel día tenía turno de tarde, así que amanecí a la hora que mi cerebro consideró que ya estaba suficientemente descansado. Desde la cama, abrí las persianas de mi cuarto y el sol empezó a calentar las sábanas y me dió aun más pereza tener que levantarme ¿por qué tenía que apartarme de aquella cama mullidita alimentada por energía solar para tener que ir a comprar nutrientes para mi cuerpo? ¿Por qué tenía que haber nacido pobre para no poder encargar que me trajesen papeo a casa? En fin, first world problems.

De repente sentí una sensación en mi interior, algo que me empujaba a levantarme con urgencia, una fuerza me exigía que me incorporase y corriese, una desazón que removía algo dentro de mí, una presión que hacía que mis piernas no pudiesen aguantar quietas bajo las sábanas.

— Joder, qué ganas de mear.

Así me incorporé y miccioné con la fuerza de siete boas constrictor. En el baño, eso sí. Concretamente en el váter. Mear en la ducha, si bien es un distendido y polémico tema de conversación, no quedaba bonito con otra persona duchándose.

Sentí pues mi vejiga instantáneamente más aliviada. Fui a la cocina y, mirando por la ventana melancólicamente, comencé a plantearme serias cuestiones existenciales.

— Hum… no sé si comerme con el colacao un plátano o un bollo relleno de chocolate.
— ¡Vecino por favor, súbase la bragueta!
— Quizás una tostada con acéite.
— ¡Todas las mañanas igual!

Me comí al final un bollo de chocolate con mi colacao. Me diagnosticaron una gingivitis hace un mes, así que tras el desayuno corrí a cepillarme los dientes y darme con el enjuague bucal que me habían recomendado. Con mi boca limpita y la ducha libre me dispuse a hacer lo propio.

Cuando estoy alegre, canto en la ducha, haciendo que la alegría rebose en toda la casa:

— ¡DIOS SANTO, MIS OÍDOS!
— ¡RESISTID COMPAÑEROS!
— ¡NO PUEDO MÁS!
— ¡NO! ¡NO TE PERFORES EL OTRO TÍMPANO! ¡AGUANTA!

Pero por motivos que no vienen al caso, ayer no tenía muchas ganas de cantar. Terminé mi duchita, me sequé, y a por el siguiente objetivo del día…

¡Planchar!

Planchar es una cosa que odio, así que me costó mucho esfuerzo ponerme a ello y…

— Bah, paso de la plancha.

Pero…

— Paso. De. La. Puta. Plancha.

Bueno… En fin, como decía, me dispuse a realizar el objetivo principal del día: salir a por la compra. Era eso o morir de inanición, así que me costó mucho decidirme entre ambas. Finalmente decidí la vida, así que me engalé con mis mejores ropajes (los cuales por algún extraño motivo estaban arrugados), cogí mis llaves y salí por la puerta.

Gracias al cambio climático disfrutamos de un sol de justicia en mitad de la sierra de Guadarrama en pleno Marzo, así que el sol me produjo un sensación de “mira qué solecito más güeno, pero no dudes en que puede matarnos”. Miré a mi alrededor y el verdor de las cosas me alegró. La hierba verde, los setos verdes, los árboles verdes, aquel señor fumándose ese cigarro extrañamente verde…

Continué mi marcha, cuesta abajo, alejándome de mi hogar cercano a la Cruz del Valle de los Caídos. O como yo lo llamo, Fa-Cha-Land.

El camino al supermercado es bastante sencillo. Símplemente salgo de mi urbanización y ando recto la cuesta abajo hasta que me encuentro con su cartel. Andando iba escuchando, como siempre hago, algún podcast en mi móvil. Esta vez le tocaba el turno al último de “La vida moderna”. Antiguamente el ir andando por la calle riendo sólo era considerado por los demás como síntomas de esquizofrénia. Hoy en día afortunadamente no es así.

— Mira mamá, el señor de todas las mañanas que hace ver como que está escuchando podcasts.

— No lo mires hija. Hoy tampoco lleva subida la bragueta.

Mientras caminaba admiraba el paisaje que me rodeaba. Los tranquilos viandantes con sus compras, los coches que transitaban lento por la avenida, los relajados albañiles y pintores haciendo pequeños arreglos en muros y fachadas, el autobús batiendo la última pole de Fernando Alonso al ritmo de “Highway to Hell”…

Me fijé en un señor apalancado sobre un muro de piedra. Emanaba de su boca el espeso humo blanco que caracteriza a la droga porro. Relajado y en sus cosas, de espaldas a la calle, pensé en meter la mano a través de la parte de arriba de la verja, y decirle.

— ¡OIGA SEÑOR!

Y ver si a pesar del canelo que se estaba metiendo entre pecho y espalda, continuaría activa su capacidad de sentir miedo ante lo inesperado y se llevaría un susto. Pero sólo soy malo de cerebro para adentro, así que al final no lo hice. Miré de frente y vi a un señor asiático cargando con un carrito.

Entonces caí en la cuenta de algo.

— Oh, no.

Algo horrible e indescriptible. Un horror inenarrable. Una pesadilla hecha realidad. Tenía que ir… al chino.

Efectivamente. Había recordado que tenía que ir al chino a comprar una aceitera para el trabajo. Mis planes de ir al supermercado tendrían que verse brevemente pospuestos.

Modifiqué mi ruta ligeramente y me dispuse a entrar en aquel laberinto del fauno que los asiáticos llamaban “bazar”. Mientras caminaba hacia mi nuevo destino me iba fijando en los árboles que adornaban el paseo. En uno de ellos vi algo que llamaba mi atención en el parterre. Era una caca. Una caca brillante.

Asombrado me acerqué a admirar aquella caca que reflejaba con fuerza los ratos del sol. Brillaba como el oro, adornando el paisaje con sus bellos colores, disfrazando el ambiente con suaves matices dorados.

— ¿Pero qué extraña magia de qué extraño ser ha engendrado esta rareza legendaria?— Me pregunté.

Llegué a su lado embelesado por su atractivo aspecto, quizás hasta con intención de llevármela a casa. Entonces vi… que era un dátil.

Un dátil.

A saber cómo leches había llegado un dátil allí. Aunque bueno, pensándolo en frío, el que fuese un dátil en vez de una caca dorada pues tampoco es tan decepcionante.

Finalmente entré en el chino. Allí pregunté a sus amables dependientes que dónde estaban las aceiteras. Por alguna razón siempre que voy allí hay un chino distinto. Yo creo que conforme mueren de agotamiento los van reponiendo. Este chino hablaba español perfectamente, así que comprendió el término “aceitera”. Me señaló un pasillo y me introduje en él. Siempre que me meto en un pasillo de un chino recuerdo esa escena de Harry Potter en la que Cedric y Harry se meten en el laberinto. Aunque por mi parte esperaba poder salir sin encontrarme con Lord Voldemort.

Cogí mi aceitera y pagué al chino en metálico. Tras esto continué mi marcha hacia el supermercado. Al final no había sido tan difícil y había salido sin apenas secuelas psicológicas.

— ¡La estrechez! ¡La saturación! ¡La soledad!

Me perdí un poco yendo al supermercado, pero nada importante. La otra vez fue algo tal que:

— ¿Pero y estás ruinas? ¿Dónde esta el supermercado?
— Señor, hace ya más de un siglo que no hay aquí ningún tipo de comercio.
— ¡NOOOOOOOOO…!

Al entrar en el supermercado siempre hay dos personas dándote la bienvenida: un señor pidiendo limosna y un señor vendiendo cupones. La verdad es que, en cierto modo, ambos piden limosna.

Pasé al supermercado, el cuál me producía unas sensaciones muy diferentes a las que me produjo el chino de antes.

— ¡La estrechez! ¡La saturación! ¡La gente!

Totalmente distintas.

Paseando por sus pasillos, en mi cerebro chocaban fuertemente dos de mis características: me gusta mucho comer pero muy poco hacer de comer, sin embargo se me da muy bien cocinar, pero no quería perder tiempo y dinero en algo que como más rápido de lo que lo cocino. Al final hice la típica compra de soltero. Pizza congelada, pasta, leche sin lactosa, servilletas, champú…

Ya en caja me atendió una mujer con una cara que yo tuve durante mucho tiempo mientras trabajaba de cara al público: la cara de estar hasta la mismísima polla de la gente. A pesar de su borderío, me solidaricé con la mujer intentando hacer que mi turno fuese lo más ágil posible y dándole las muchas gracias por su trabajo.

Con mi compra hecha me puse a caminar hacia casa ¡Al fin! El sol me daba de cara, pero mi camisa no era nueva, recordándome que no pertenecía al sitio al que volvía, a Fa-Cha-Land. Por el camino volví a encontrarme al señor que se fumaba el canelo del tamaño de la pata de un burro. Ahora estaba poniendo piedras en el muro que construía. Por algún motivo no tenía mucha prisa. Decidí no tenerla yo tampoco y disfruté del camino del vuelta, pensando en aquel cagarro brillante, en el albañil fumeta y disfrutando de aquel sol que me calentaba la cara fruto de la destrucción del planeta.

— Vivimos tiempos extraños.

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