Piltrafillas de Marte (parte 1)

Año 2083. La humanidad ha conseguido expandirse más allá de los límites del sistema solar y…

— Por fin este año llegamos a Marte.

Errrr, vaya. Parece que hubo un pequeño retraso tecnológico de unos 50 años. Supongo que cosas del cambio climático, la política y la crisis energética.

Bueno, año 2159. La humanidad ha conseguido expandirse más allá del sistema sola…

— Bien, por fin tenemos una colonia establecida en Marte.

… ¿Y este retraso a qué se ha debido? En fin, como iba diciendo, año 2202, la humanidad por fin ha conseguido expandirse más allá de…

— De la Tierra.

Eso, de la Tierra. Y supongo que ya habrán chabolos hechos en Marte o algo ¿no? Y con un poco de suerte hasta tienen agua corriente y todo.

— ¡Eh, no te burles! Que hasta tenemos lámparas de esas del globo terráqueo, pero del globo de Marte. Globo Marterráqueo.

Ehmmm… ya… entiendo…

En fin, a ver qué nos depara el futuro.

Nuestros protagonistas son unos jóvenes adolescentes marcianos que luchan valientemente por labrarse un futuro en las yermas tierras de Marte. Ellos son…

Piltrafillas de Marte.

Año 2289.

— Eh, Nico. Vamos a jugar a ver cuanto aguantamos la respiración en el exterior sin morir.
— Aba, terminó la terraformación el año pasado e inauguraron el clima planetario nuevo. Sabes perfectamente que se puede respirar de lujo un aire de una calidad excelsa y excelente digna de los más refinados seres vivos ¡Y no tenemos casa, ya estamos en el exterior!
— Detalles.

Nico y Aba eran dos chavales de 8 y 7 años. Años marcianos, por supuesto. Así que tenían más o menos entre unos 16 y 14 años respectivamente. Eran huérfanos y ambos se habían criado salvajamente en las áridas tierras de Marte.

— Nico, debemos hacer como Rómulo y Remo e ir por ahí extendiendo nuestra propia leyenda. Podemos decir que nos amamantó una vieja moribunda, ya que en Marte sólo hay polvo, y una vieja sólo da leche en polvo.
— Tu lo que quieres es que te parta la crisma antes de llegar.

Nico y Aba estaban dirigiéndose en estos momentos a robar en uno de los campamentos cercanos. Abandonados por supuesto, así que sería algo fácil. Cuando terminaron los trabajos de terraformación los científicos se marcharon y los campamentos quedaron a su suerte, quedando sólo activos algunos que servian para control del clima. Debían hacer acopio de mucho material, ya que el año que viene sería el año de lluvias y estas no solían ser tan apacibles como en la Tierra. La nueva atmósfera, que había llevado unos 120 años en crear a base de redirigir cometas desde los bordes del sistema solar, era bastante salvaje aún. Vientos huracanados, lluvias torrenciales, cambios bruscos de temperaturas, etc… Además había un proyecto en marcha para asignarle a Marte una luna para que este dispusiese de tectónica de placas. En Júpiter había muchas candidatas, pero no había aún tecnología suficiente como para poner el plan en marcha.

Los colonos nuevos agradecieron este hecho, ya que sin luna no hay mareas y sin mareas no hay terremotos ni tectónica de placas. La construcción en Marte era sencilla y barata. Exceptuando el horrible clima, Marte era un sitio bastante tranquilo para vivir. La concentración de CO2 era bastante alta para que el efecto invernadero calentase la atmósfera, pero se había mantenido por debajo de límites mortales para los seres humanos, ya que aunque haya O2 en la atmósfera, si tenemos mucho porcentaje de dióxido de carbono en el aire podemos estirar la pata. Esto no libraba al planeta de ser bastante frío y, como hemos dicho, con cambios de temperatura bastante exagerados. La temperatura más alta registrada en Marte jamás fue hace un par de años, de 27 grados centígrados, en pleno núcleo de la capital de Olimpia, al sur geográfico del monte Olimpo, donde habitaban unos 4 millones de personas.

En fin, que me lío. A lo que íbamos: chavales hambrientos y campamento de científicos abandonado. Malo será que no hayan encontrado pan deshidratado, algunas conservas, algún pequeño montón de…

— ¡De mierda está esto lleno! ¿Pero a quién se le ocurrió traer leche y guisantes congelados a Marte?
— Nico, con esta leche y mi intolerancia a la lactosa podré desterraformar la atmósfera de Marte.
— ¡Pero no te la bebas, desustanciado!

Le quitó como pudo la leche. Él también tenía hambre, pero no podía caer en la tentación de comer comida en mal estado. La capital estaba a 1200 kms de allí y no podrían desplazarse para recibir atención médica. Se encontraban saqueando la nevera frigorífica en la tienda de campaña donde los científicos tuvieron sus sacos de dormir y comedores, que solía ser el único sitio de esos campamentos con algo de valor para gente en su situación.

— Bien, tendremos que seguir avanzando. El siguiente campamento está a 3 días caminando dirección a Betelgeuse.
— Eso si no nos llueve como la otra vez.
— Eso no nos pasará, Aba. Venga, rebusquemos lo que podamos y pongámonos en marcha.

Cogieron lo que creyeron que podría serles útil. Abrigo (las noches marcianas eran muy frías), baterías para alimentar sus equipos de supervivencia (en la espalda proporcionaban luz y calor), baterías de torio (no tirar al agua, mantener fuera del alcance de los niños) y agua.

— Oye, Nico, tengo frío. ¿Ves bien pasar la noche aquí? Al menos estaremos bajo techado.
— Me parece buena idea.

Con sus cosas se metieron en el que debió ser el laboratorio central, ya que era la tienda más grande del campamento. Allí encontraron más cosas, como matraces Erlenmeyer, barómetros digitales, estufas de secado, equipos de incubación de microbiología, etc. Nada de eso funcionaba o les servía, y algunos Erlenmeyer tenían dentro una mezcla reseca color negro que no invitaba a hacerlas servir de vasos. Bebieron un poco de las botellas de agua que habían saqueado (el frío deshidrata un montón), se pegaron el uno al otro y se durmieron.

A la mañana siguiente, el sol los recibió como sólo podía recibirlos el sol en Marte: con vientos fuertes de cojones.

— Ya recuerdo por que no quería pasar aquí la noche.
— ¡Y yo no te oí quejarte!
— ¡También estaba cansado!
— ¡Pues bien qu…!

Creyeron escuchar algo.

— Nico… ¿ha sido el viento?
— No. Creo que hay alguien en la tienda de al lado.

Efectivamente escuchaban derribar cosas en la tienda que ellos habían saqueado el día antes, la tienda donde estaban las literas y el comedor.

— Aba, saca el taser.
— Sí.

Se acercaron muy léntamente, amparados por el fuerte y frío viento, que ocultaba todo ruido que pudiesen hacer en la arena marciana. Se fueron acercando más y más. Cuando entraron en la cabaña empezaron a oir los sonidos guturales que emitía la criatura. Por como sonaba parecía estar comiendo algo. La comida podrida que ellos había sacado de las neveras el día anterior estaba siendo devorada por un ser que por lo que podía perfilarse no era humano, peludo, claramente sin sentido del gusto, con un hambre voraz. Pero se supone que no hay vida en Marte más allá de la flora bacteriana, las recientes plantas y los insectos. ¿Quien o qué podría…?

— Un momento… ¿es un perro?
— ¡Guaf!

¿Qué hace un perro en Marte?

Continuará…

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