Pastrana

Pastrana

Hace mucho, muchísimo tiempo, tuve vacaciones. Concretamente la semana pasada. En mi trabajo me dieron la semana que me pertenecía del 27 de Agosto al 2 de Septiembre. Planeé entonces hacer una ruta por España. Tenía dos o tres destinos concretos a los que sabía que quería ir. Estos eran:

– Cáceres.
– La central nuclear de Trillo.
– Madrid.
– Barcelona.

El resto de sitios los iría improvisando sobre la marcha. Me gusta eso. Cuando fuí a Japón la primera vez fue en el mismo plan. Viajar así es cansado y no muy cómodo, pero me encanta. Los viajes improvisados a veces salen bien y a veces salen mal, pero qué se le va a hacer.

Así que con esto en cuenta el Lunes salí de mi pueblo en Málaga directo para Cáceres. El camino me hizo recordar que ya no estaba tan joven y que no podía hacerme ya tantas horas de viaje sin descansar. Allí en Cáceres lo pasé muy bien en mi primer día de relax, aunque al día siguiente tenía que estar a las 10:00 de la mañana en Cifuentes, al sur de Guadalajara, para ir a la central nuclear, por lo que me vi obligado a levantarme a las 4:50 de la mañana.

Más descansado de lo que creía abandoné mi espectacular hotel para tomar rumbo a Cifuentes, donde pude comerme unos churros para desayunar antes de que el bus saliese hacia nuestro destino.

Central nuclear visitada pensé en dormir allí en Cifuentes. El pueblo es precioso y tranquilo y los sitios de comer parecen buenos. Pensé que el alojamiento sería barato, así que abrí mi Google Maps y pregunté al señor Google por “hoteles”.

¿Hoteles? Puticlubs de lujo parecían. 107 euros por noche lo más barato que encontró el hijueputa. Había dormido la noche anterior en un hotel de 4 estrellas con una habitación como el Santiago Bernabeu por 60 euros. Ni de coña me meto en una habitación de 107€ de un hotel de 3 estrellas ¿Solución? Buscar en los alrededores.

Amplié mi rango de búsqueda a los pueblos colindantes. Había un hotel de 5 estrellas por 70 euros que me llamó la atención, pero me prometí no gastar más de 50 euros por noche hayá donde fuese. Lo de Cáceres fue una excepción porque soy así, pero motivo de más para no gastar tanto. Buscando buscando encontré el hotel que creí perfecto.

Muy buenas reseñas en Google y barato: 32€ por noche. Hotel de 2 estrellas sólo, pero parecía estar bien. “Ni mil palabras más”, pensé. Y me puse en marcha para donde aquel hotel estaba, un lugar a una hora de camino llamado “Pastrana”.

— Cifuentes es muy bonito. Seguro que Pastrana también tiene hermosas cosas que ver.

Pues no.

Al llegar al pueblo ya me dió la impresión de que era el típico que en su día fue un camino, un tío puso un bar allí enmedio y empezaron a construir casas alrededor. Aparqué y bajé por unas escaleras y una cuesta muy empinante, con la calle muuuuuuy estrecha. Estaba cansado, así que no me fuí fijando mucho en los detalles que narraré a continuación.

Llegué al hotel. Para ser un dos estrellas tenía buena pinta. La puerta estaba cerrada, así que toqué al timbre.

— [MEEEEC]

Al ratete, contestaron.

— ¿Quien es?

¿Cómo que quién es? ¿Quién va a ser tocando al timbre de un hotel? Pues un cliente.

— Buenas, quisiera pasar aquí la noche.
— ¿Sí?

Ah, bueno, pues ya la pregunta me pone en duda ¿quería pasar ahí la noche?

— Ya va.

La señora me quitó el pestillo. Abrí la puerta, que pesaba un cojón, y entré para adentro mientras arrastraba mis cosas. Se excusó la señora un momento y al rato me atendió.

— Quisiera pasar la noche.— Repetí, porque aquella señora parecía no creerselo mucho. Y más claro me quedó después de preguntarme…
— ¿Por qué?
— Ehhh… turismo ¿no?
— Ah, turimo. Mira, te enseño lo que hay en el pueblo.

La señora se puso a explicarme lo que había antes de decirme lo que me debería haber dicho desde el principio: el precio. Quizás por si quería huir antes de gastarme la pasta. Ahora sé que esta señora me estaba advirtiendo, pero había dormido cuatro horas y llevaba muchas más de coche: no estaba para pensar.

En el pueblo había una ermita, una iglesia, un par de monumentos… y un museo de las ciencias el cuál nunca llegaría a visitar.

Me convenció, aunque yo ya estaba predispuesto a ser convencido porque me moría de sueño. Le pedí que por favor se callase con un:

— ¿Cuánto es?

A lo que contestó:

— 50 euros.

“Me está mintiendo en mi puta cara”, pensé. Hasta había tenido un tic nervioso mientras decía el precio. Como si se le hubiese cortocircuitado la cara un instante. Aquella mujer no quería que me quedase allí. Pero allí me quedé.

Sabía que aquello era una estafa rompeculos, pero abrí mi móvil, ví el hotel de 70 euros a una hora y cuarto de camino, y dije…

— Toma.

Y le solté los 50 napos encima de la mesa. La mujer, tras decirme que el desayuno estaba incluido (menos mal) me dió mi llave y subí rápidamente. Me senté en la cama para quitarme los calcetines y los pantalones para ducharme, pero me quedé profundamente dormido.

Cuando desperté empecé a fijarme en lo que me rodeaba. La habitación era… no sé… muy… hortera. Cortinas rojas que teñían toda la habitación, paredes color salmón, mobiliario de los 80. Cutre. Y hortera. Aun así pude comprobar que la habitación estaba bastante bien. Era grande, tenía un buen escritorio, y el baño parecía bastante correcto. Baños peores encontraría después. Pensando en los 50 euros, no era el dinero que se merecía un hotel de 2 estrellas, pero más ruidosa era la habitación del hotel de Cáceres y allí no se oía nada ni nadie. Porque claro, luego caería en cuenta de que yo era el único huesped de todo aquel sitio.

Me había dado una clave para el WiFi. El WiFi iba a 10-12 kbps y da gracias. Utilicé mi móvil el cuál, menos mal, tenía bastante buena cobertura para poder compartirle internet a mi portatil y poder hacer mis gestiones. En cuanto acabé decidí bajar a darme una vuelta por el pueblo. Salí con la llave que me habían dado (que cerraba también la entrada) y me puse a caminar.

Justo enfrente del hotel estaba el primer monumento: una fuente con cuatro caños de agua. A pocos metros (prácticamente al lado) estaba el ayuntamiento con un gran cartel que decía “no a la despoblación de los pueblos de interior” o algo así. Entonces, al leer aquello, me dí la vuelta, miré alrededor y caí en algo en lo que no había caido hasta entonces… ¿había visto u oido a alguien desde que he llegado aquí? No. No había visto a nadie más que a la señora del hotel.

Continué caminando buscando los diferentes sitios de interés. Encontré la iglesia, donde estaban dando misa en ese momento. Me pareció una hora muy rara, pero qué se yo de cristianismo. Allí los lugareños rezaban. Al entrar yo me miraron con ojos perdidos, como con miedo de ver tras 50 años a alguien que no conocían. Puse la mano en un banco y como que el cristianismo me dió alergia y salí de allí. Entonces caí en dos cosas.

Una: el pueblo entero olía un poco a rancio. Como los viejos cuando les queda poco para estirar la pata, pero en macro olor por todo el pueblo.
Dos: Es Resident Evil 4.

¿Os acordáis de Resident Evil 4? Cuando salió decíamos “jaja, qué poco han visto España en Capcom. No hay ningún sitio de España así”. Pues sí lo hay. Y es Pastrana. Sólo les faltaba ir a misa diciendo “la campaaanaaa…” o que llamaran mi atención diciendo “¡Detrás de tí, imbeeesil!”

Seguí caminando y llegué a los campos. Me puse a ver los sembrados. Siempre miro eso. Deformación profesional, supongo, pues he estado muchos años trabajando de agricultor. Ví los tipos de cosechas que había, la clase y la manera de sembrarlas.

— Esto está mal sembrao tó.

Mi Alhaurino interior salió brevemente al exterior. Horrorizado por mi propia cuñadez, decidí alejarme y seguir caminando.

El museo de las ciencias estaba a tomar por culo andando y tenía más que claro que no iba a coger ese día más el coche más que para irme, así que decidí volver al hotel. Me echaría unos vicios a algo y descansaría, pues mi sueño no estaba sólo acumulado de esa noche, sino también de la semana que llevaba de antes.

Yendo de vuelta me encontré con algo que no había visto hasta ahora: gente. Es más, eran turistas. Supongo que tan perdidos como yo. Tenían un mapa en su haber y parecían saber a dónde iban. Al lado de la iglesia gritaban el nombre de la fuente. En un principio me acerqué a ellos para captar datos en su discusión que me pudiesen guiar a sitios interesantes, pero eran pollos sin cabeza así que, cual sith, me dije a mi mismo que eran inútiles para mi propósito y los deseché como humanos interesantes.

Como yo soy muy así, al verlos que estaban perdidos y manteniendo una discusión totalmente absurda sobre ello, me dediqué a ver qué hacían. Eran padre, madre, hija e hijo. Buscaban la fuente que estaba frente a mi hotel. Estaban al lado de la iglesia, la cuál está junto al ayuntamiento, el cuál está a 5 metros literalmente de la fuente. Incluso si se hubiesen callado habrían escuchado su sonido. Pero no, allí estaban, discutiendo. El padre haciéndose el macho alfa que guiará a su aldea al valle prometido, diciendo que tendrían que dar un rodeo por unas calles para llegar, el hijo ayudando señalando la dirección contraria a la fuente, la madre callada haciendo una interpretación perfecta de un sordomudo y la hija señalando la opción correcta con insistencia y siendo ignorada con más insistencia aún, calle la cuál era donde yo estaba sentado en un reborde de piedra, viendo desde mi posición tanto la fuente como a ellos.

No les dije nada. Me pareció más divertido así. Al final me cansé de su ridículo espectáculo interpretando a las 4 fuerzas políticas de España y me marché a mi hotel.

Abrí con mi llave, subí, y fui a mi habitación. Unas habitaciones más al lado la dueña discutía con un señor. Como estoy algo sordo pude oir sólo retazos de lo que decían. Parecían discutir sobre dinero. Al oir que yo estaba, bajaron la voz.

Me senté al escritorio y me dediqué a mis cosas. Escribí un poco, me vicié, vi twitter, youtube…

De repente empecé a escuchar un sonido fuera. Era una especie de viento siniestro. Jamás había escuchado un viento así, de modo que fuí a asomarme.

— ¿Será que el viento pasa por las casas abandonadas y suena así?— Pensé. Pero entonces me dí cuenta de que el viento no corría, pues la vegetación no se movía.

Si había un momento para tener miedo durante el viaje era ese. Un pueblo extraño, lleno de gente mayor con la mirada perdida, con una casera que no quería que me quedase, y con un extraño viento maligno que sonaba sin cesar pero no soplaba nada.

Estuve un rato escudriñando el cielo. Los turistas de antes por fin habían dado con la fuente, mirándolos escuché comentarios que hacían acerca del sonido… y entonces me di cuenta. No era viento: eran rayos. Uno tras de otro, sin cesar, cuyos truenos se solapaban unos con otros dando la impresión de ser el viento. Jamás había oído nada así.

A los 15 minutos los turistas seguían debajo de mi ventana, discutiendo el próximo monumento, pero desaparecieron al caer las primeras gotas. Al rato llovía y granizaba que daba gusto. Desde Okinawa que no veía llover en Agosto. La lluvia es algo muy significativo para mi, y su presencia me tranquilizó.

Cuando hubo amainado, el extraño olor a rancio del pueblo se había ido. Sólo quedaba el olor a lluvia y a tierra mojada. Animado por la nueva situación decidí ir a cenar (cosa que había decidido no hacer para ahorrar el dinero de más del hotel). Bajé al hotel y pregunté por un buen sitio. Al parecer, el hotel tenía restaurante. No en el mismo hotel que sólo tenía un pequeño bar, sino en un local a tomar por culo de allí. Hambriento como estaba no me importó mucho.

No me costó mucho encontrarlo. Cuando llegué resultó ser una amplia terraza, muy bonita, con cesped artificial. Había una pareja joven en una mesa, como de mi edad, con unos papeles por delante. Parecían hablar también de dinero, o negocios, o algo así. Creí que eran los dueños, pero el dueño era solo ella.

— Buenas, para cenar.

Una vez más, cara de estupefacción.

— Muy bien.— Respondió con una cordial sonrisa.

Parecía estar ella sola para todo. Esperaba que el chaval la ayudase pero, como he dicho, al parecer no pintaba nada allí y se marchó deseandome antes buen provecho.

La chavala encendió las luces de la cocina y me trajo mi refresco. Le pedí salmorejo y solomillo. Me trajo mi salmorejo, el cuál tenía pepino. Nunca lo había probado así y la verdad es que me gustó. Me lo comí con ansia, pues ví que mi delicado estómago lo recibía alegremente.

Al poco llegaron los turistas de antes ¿Eran los mismos? No recordaba que la chavala estuviese tan crecida. Aunque para mi aparecieron de repente, así que más que llegar se generaron allí espontáneamente. Antes no estaban y ahora sí, pero en fin… Seguí con lo mio. Empezó a oscurecer y empecé a ver unos destellos.

Mis ojos, por lo que sea, reaccionan muy bien antes los cambios bruscos de luz, y veo destellos donde otros no lo ven. Si puedo fardar de cualidad física es de tener unos ojos por encima de la media en muchas cosas. Miré al frente y vi el cielo despejado, salvo por una pequeña nubecita que empezaba a asomar.

A los 5 minutos la nubecita era un frente borrascoso de la hostia que sólo había visto en las fotos que mandaban a “El Tiempo” de La 1, con decenas de rayos por minuto. Mascaba mi pan remojado en salmorejo mirando aquella cosa. La dueña (muy guapa, por cierto, aunque parecía mirarme raro o mal o qué se yo) pasó por mi lado.

— Disculpa, ¿le queda mucho al solomillo?
— Sólo 5 minutos.
— (No sé si tengo 5 minutos hasta que empiece a diluviar)— Pensé.

Llegó el solomillo. Era en salsa. Estaba riquiiiiísimo, igual que el salmorejo. Cuando como me abstraigo un poco (bastante) de la realidad porque me gusta mucho disfrutar de mi comida, pero empecé a escuchar que la chavala de la mesa de al lado, de unos 15 o 16 años, estaba hablando al padre como con cierto retintín, así que pegué la oreja.

— … pues en la cabaña éramos como 16 pero Marta y yo dormimos juntas.— Resaltó el “juntas”.
— ¿Qué pasa, que teníais frío?— Dijo el padre.
— No, más bien teníamos calor.
— Pues si hacía calor, qué tontería dormir juntas ¿no?

Hubo un silencio incómodo en el que la chavala guardó silencio con cara de “papá, te odio”, el niño siguió con su cara de estar tan cuajado como su padre y la madre continuó en su papel de “la muda del pueblo” pero mirando al marido con cara de “Pepe, date cuenta”. El padre sentenció la discusión con un:

— ¿Y se tiraba pedos? Jaja.

Pues sí, señor. A lo mejor sonaba como a pedo, pero sólo cuando la boca hacía ventosa.

Seguí con la mirada fija en la nube. Ya oscurecía bastante y apenas se veía, tan solo iluminada por los rayos que no paraban de caer. Yo lo flipaba.

Al terminar mi solomillo y rebañar el plato, la chavala se acercó y me dijo que si quería postre. Me ofreció unos cuantos, a lo que contesté.

— No, gracias. Un descafeinado de sobre, por favor.

Y el tic. El mismo tic que tuvo la señora del hotel al decirme el precio de la habitación lo tuvo aquella chavala en ese instante. Sentí como una ira asesina hacia mi, pero me la repanpinfló un poco. Serían imaginaciones mías.

Hasta el puto café con leche era delicioso. Joder, qué bien comí. Pedí la cuenta (menos mal que llevaba bastante efectivo, pues no creo que tuviesen datáfono allí) esperando que tal panzada me costase 20 o 25 euros pero…

— Son 12 euros.
— :O

Dejé propina al marchar. Qué menos.

Al llegar al hotel me dí cuenta de que llevaba desde las 5 de la mañana sin ducharme y que estaba bastante pegajoso por la humedad y calor recientes de la lluvia y tal. Decidí ducharme antes de dormir, cosa que no suelo hacer mucho (lo de ducharme por las noches, no ducharme en sí), pero que ví correcta en ese momento.

La ducha tenía la típica alcachofa gigantesca de efecto lluvia y la pequeña de toda la vida. Le di a las llaves y empezó a salir al ratete agua calentita. Me pegué un duchón de la hostia y me fuí a la cama.

— Esta noche duermo EN PELOTAS.

Y de esa guisa me fuí a dormir.

Llegados a este punto tengo que contar algo sobre mi. Hay dos sonidos con los que no puedo dormir. Uno es el de gente follando (lo siento, pero no me concentro en lo que estoy si tengo sonido a chancleta en la habitación de al lado), y otro es con el sonido rítmico de una sola gotera. No puedo. Es algo superior a a mi. Así que, tras acostarme, y creyendo que dormiría pronto por el cansancio y la rica cena, empecé a escuhar… la gotera.

— [PLIC, PLIC, PLIC…]
— Meh, será la alcachofa grande, que está llena de agua. Ya se vaciará.

Pero media hora despué seguía sonando.

Me levanté y fuí a analizar la situación. Ví que, efectivamente, el goteo provenía de la alcachofa grande. Mirando a la ducha, puesto en jarras y con mi churra colgandera llegué a la siguiente solución.

— Hay una llavecita que cambia el paso del agua entre la alcachofa grande y la pequeña. Como la grande está fija a la pared desviaré el agua a la pequeña y la posaré sobre el suelo de la ducha, así no sonará.

Convencido de mi plan, hice eso. El sonido se quitó.

Cuando ya me estaba acoplando en la cama pensando en lo genial que sería estar acompañado, en ese momento… empezó otra vez.

— [PLIC, PLIC, PLIC…]
— Me viá cagar…

Fuí a la ducha una vez más y vi que la alcachofa gorda seguía goteando. Mi churra y yo admirábamos aquella gotera sobre nuestras cabezas. Llegamos a la siguiente conclusión.

— Tate, pongo la alcachofa pequeña estratégicamente colacada bajo la gotera, así la gota golpeará sobre el plástico y no sonará tanto. Sólo tendré que cerrar la puerta del baño un poco para apagar el sonido.

Así lo hice. Satisfecho con el silencio obtenido, me dí la vuelta y me fuí a acostar cuando.

— [PLICPLICPLICPLIC…]
— ¡Me cago en los clavos de la virgen de los clavos!

Pasé a tomar medidas drásticas. Ví la toalla de manos, sopesé su utilidad de aquí a mañana, y procedí a extenderla sobre tooooodo el plato de ducha, cubriéndolo todo, no dejando lugar a que ninguna gotera más sonase.

— Ya está, problema resuelto.
— [¡PLICPLICPLICPLICPLICPLICPLIC…!]
— ¡LA PUTA MADRE QUE CAGÓ A LA GOTERA DE LOS HUEVOS!

Bastante enfadado ya, decidí calmarme un poco y pensar con algo de frialdad.

— A ver qué tenemos. Gotera. ¿Dónde está? Porque en el plato de ducha no puede ser.

Como estoy algo sordo, no sé muy bien de dónde vienen los sonidos y me cuesta un cojón ubicarlos. Aun así me esforcé por intentar localizar el sonido con lo típico de ir moviéndote a ver donde suena más fuerte. Y lo localicé.

El sonido provenía de detrás de la pared de la ducha.

— …

Viendo que mi empresa silenciadora de goteras no tenía futuro ya, me acosté y, al dejar de darle importancia por no tener solución, le eché menos cuenta al ruido y acabé quedándome dormido.

Al día siguiente me levanté temprano. Las 8:45 o algo así. Supongo que costumbre de mi horario de trabajo. Gracias a mi genial idea de dormir en pelotas había cogido algo de frío y estaba algo resfriado. En algún momento durante la noche, la ducha había dejado de sonar. Me duché para salir limpio a mi próximo destino, el cuál decidí el día anterior que sería Guadalajara. Preparé todas mis maletas y mis cosas y las dejé listas para partir. La hora del desayuno llegó y bajé a donde la mujer me dijo que se hacían los desayunos, el pequeño barecillo dentro del hotel.

Al llegar vi que estaba super lleno. Apenas se cabía. No había bisto tanta gente junta desde el día anterior en la iglesia. El ambiente era agradable y, a pesar de haber casi 20 personas, la tele era lo que más alto se escuchaba. El señor encargado del bar me atendió. Por la voz reconocí que era el señor que hablaba con la señora en la habitación el día anterior. Supongo que sería el marido. Me dijo que qué quería y yo pedí de todo: tostadas, mantequilla, tomate, colacao… Había que amortizar el dinero. Lo bueno es que la cena de ayer me había salido por nada. Pensándolo, el día allí me había salido tirado de precio, y entonces los 50 euros me parecieron menos.

En la tele del bar salía Albert Rivera. No oía muy bien de que hablaba, pero nadie allí en el bar parecía importarle. Todo el mundo estaba a sus cosas. Agradecí que por una vez en mi vida la gente no comentara sobre política al ver a aparecer algún mangante por la tele. Todo allí era “pues Fulanita patatín, Menganito patatán”. Algunos señores hablaban de personas que se habían ido del pueblo.

Terminé mi desayuno, que por cierto, pedazo de desayuno. Y el pan, una vez más, super bueno. Me recordó al pan de mi pueblo (que no es por nada, pero para mi es el mejor del mundo).

Al terminar me fuí a mi habitación a por mi cosas. El señor del bar me paró.

— ¿Ya se vá?
— Sí.— Contesté firme.
— Si quiere… puede quedarse un poco más, que da igual…

La cara de pena con la que me miró ese señor en ese momento me la llega a echar mi perra y la monto en la mesa y le digo “toma, la cena es tuya”. Le contesté:

— Sí, es que he quedado en Madrid y tengo que estar allí en un par de horas.— Le dije en plan “me quedaría aquí más, peeeeerooo…”
— Ah… AH, bueno.— Asintió serio, como comprendiendo mi situación.— Espero que le haya gustado su estancia.
— Pues… pues sí.

Sí que me había gustado. Por la noche no oía nada (a parte de la susodicha gotera). El pueblo era la calma total. La gente que me encontré por la noche volviendo del restaurante era muy educada, y todo el mundo había cumplido, no me había gastado mucho dinero y estaba super descansado y estupendo para retomar mi viaje. Sí, me gustó, aunque no repetiría sólo por el aburrimiento. Aquel sitio es sólo para eso: descansar un rato y seguir, no para pasar allí un par de días ni veranear. El pueblo se estaba vaciando, y es normal. No había nada ni nadie, las casas tenían los tejados hechos mierda, el paisaje no era preciasamente espectacular, los monumentos no eran muchos ni muy atrayentes, el museo de las ciencias estaba a tomar por culo y, en definitiva, allí no había nada que ver ni hacer, salvo comer y dormir bien. ¿Estuve bien? ¡Como para no estarlo! ¿Repetiría? Si lo que necesitase fuese comer y dormir bien, sí, pero no por otro motivo. Aquello está en la ruta del camino de Santiago y cumple su función de pueblo dormitorio, nada más.

Subí a la habitación y cogí mis cosas. Comprobé que lo llevaba todo con algo que siempre hago: cerrar la puerta de la habitación y volver a entrar a echar un vistazo buscando cualquier cosa. Parecía que no me dejaba nada, así que subí la empinante callecita estrecha de vuelta hasta mi coche, pasé por delante de la ermita y salí de allí en busca de Guadalajara por una carretera en la que no había nada ni nadie.

Y así fue mi viaje a Pastrana. Aquí tenéis su página de Wikipedia.

Y recordad: los viajes improvisados a veces salen bien, a veces mal, y otras veces las dos cosas a la vez.

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