Estertores.

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No me gustan los toros. Desde hace mucho tiempo. No recuerdo en qué etapa de mi niñez fue, pero me pasó algo tal que así:

En mi pueblo antes había corridas de toros. Era en un llano que ahora está lleno de casas. Montaban una plaza de toros allí, en medio de la nada. La verdad es que yo tenía muchísimas ganas de ver los toros, no por ninguna razón especial, simplemente por esa razón por la que un niño suele querer ver alguna cosa: porque nunca antes lo había visto.

Los toros no me parecían inmorales ni morales, ni buenos ni malos, ni útiles ni inútiles. No tenía opinión alguna forjada respecto a ese tema. Sencillamente quería verlos y ya está, ver qué pasaba, ver la gente, ver al torero cuya figura se magnificaba tanto en los 90.

Fuimos un grupo de amigos. Esperamos en unas puertas creyendo que aquello era la entrada. Uno de nosotros dijo que pronto las abrirían. Efectivamente, al rato de estar allí las abrieron de par en par. Entramos corriendo y vi allí al bicho de pie. Parecía como cansado. Sangraba. El torero frente a él, muy vivo, mirándolo con su capote, como sacándole pecho al animal.

Pero yo no estaba allí para ver sólo eso. Yo quería verlo todo. Nos sentíamos pillos que se habían colado en la plaza. Empecé, como era mi costumbre, a explorarlo todo. Me metí por detrás de las gradas. Allí debajo podía ver los culos y los pies de la gente sentada en las gradas, sobretodo los pies. A veces caía algo de líquido, refresco supongo. Otras, gargajos.

Vi a un señor que recuerdo tenía dinero asomando del calcetín. Pensé en cogerlo, pero lo dejé porque nunca he tenido madera de ladrón. No iba para político. Dicho señor se puso entonces de pie y empezó a aplaudir y yo quise salir de las gradas a ver qué ocurría. Lo hice con cuidado. Podías abrirte la cabeza con alguno de los hierrajos que sostenían aquello.

Al salir miré a la plaza buscando el motivo de los aplausos. El torero parecía no haberse movido desde que comencé mi andadura por el submundo de las gradas, pero el toro, antes cansado, ahora parecía dando sus últimos estertores.

Valientemente el bicho embistió una última vez antes de ser ensartado con lo que me pareció una bonita espada. Cayó muerto al suelo, totalmente inerte. Al ver las patitas tan tiesas me recordó a una mesa cayendo de lado.

La gente estalló en aplausos, mientras le gritaban piropos al torero. De repente me sentí incómodo con aquel ambiente y decidí salir a la puerta de antes. Todo los adultos comenzaron a salir en tropel de la plaza. Recuerdo ver salir a familiares comentando lo bien que se lo habían pasado, entre risas. Los hombres reían a carcajadas, algunos llevaba puros, otros apestaban a alcohol. Las mujeres, calladas portadoras de bonitos bolsos o cotorras en corrillos en las que todas eran “comadres”.

Muchos se quedaban en la puerta. Había un coche ahora allí, aparcado. No llevaba ni un minuto cuando de repente sacaron al tal torero en hombros. Estaba lleno de polvo, algo de sudor… y sangre. No mucha, pero estaba en sus manos y alguna en su pecho. Me sorprendió.

Bajaron al torero y lo metieron en el coche. Haciéndolo se dió un cabezazo con el marco de la puerta. Me hizo gracia, me reí y un adulto me dió un cogotazo.

En cuanto el coche se fue la gente también lo hizo.

Nos quedamos a la entrada unos cuantos curiosos. Tras la marcha del coche llegó un camión bastante grande con un gancho. Del gancho colgaban unas correas. Las amarraron a algún sitio y empezaron a tirar de algo.

Era el toro.

El toro arrastrado por la máquina salió hasta la entrada. Los mozos encargados quitaron las correas y las dispusieron de otra forma alrededor del bicho. Mientras lo hacían no podía apartar la vista del toro. Allí estaba. Muerto. No sangraba, pero estaba lleno de sangre por todas partes. La lengua salía de su boca, y sus ojos estaban desencajados de una manera antinatural.

Pero no me disgustó. Me hizo sentir mal, como siempre lo hacían tales imágenes, pues no me gustan las criaturas muertas, pero no era distinto de cuando veía en mi casa a los cerdos despedazados para hacerlos carne para comérnoslos.

— No pasa nada —dije en voz alta— Ahora lo harán carne para que se pueda comer.

Entonces un adulto a mi lado comenzó a reirse con tono burlón.

— ¿Qué dices, niño? —Me contestó.— ¡La carne de los toros no se puede comer!

Entonces algo dentro de mi se activó.

— ¿Entonces esto para qué sirve? —me pregunté.

Para qué sirve.

Empecé a pensar acerca de ello. Recordé al toro en la plaza, cansado, desangrándose, al torero mirándolo dignamente desde su posición superior y el como, con un último aliento, hubo intentado el toro librarse de la muerte.

Para qué sirve esto.

Pensé en toda la gente que había allí, jaleando, como aplaudían, como reían.

No sirve para nada, pensé. Sólo para que la gente ría y aplauda ante la tortura innecesaria de un animal.

En aquel entonces no lo sabía, pero había una palabra para la gente que disfrutaba con el sufrimiento ajeno.

Sádicos.

Y eso me parecían: un montón de sádicos. Mis cerdos aun servían para algo, para ahorrar un dinero en comida, para alimentar a mi casa de campesinos. Pero aquello sólo era un espectáculo horrendo para gente que no sabía, como yo al entrar, lo qué acababa de pasar allí. O peor aun, lo sabían perfectamente.

Cargaron el toro en el camión. Mientras lo izaban algo mezcla entre sangre y babas salió de su boca. Su enorme cuerpo dejó un muy pequeño charco de sangre en el suelo, sin embargo la mancha coagulada no se fué hasta muchos días después.

Tras eso me pregunté muchas veces si el toro, en esa última embestida, creería que tras ella se encontraba la vuelta a su tranquilo y verde pasto o si por el contrario sabría que sólo le quedaba la muerte.

Conforme fuí creciendo, el tema del toreo empezó a atacarse más y más. Salían extranjeros por la tele firmando protestas en contra del toreo, toreros siendo criticados por su profesión, expertos defendiendo lo que ellos llamaban “la fiesta”.

Frases como “el toro no sufre”, “el toreo crea muchos puestos de trabajo”, “el toro disfruta”, “si no existiese el toreo, el toro bravo se extinguiría”.

Obviamente no me dediqué a no creer o creer ciegamente en esas frases: me informé y pensé.

Que el toro no sufra no era evolutivamente muy lógico. Hacer un bicho que no sufra les da una tasa de supervivencia muy baja. Había un documental que trataba este tema, de como el dolor era una ventaja evolutiva y no una desventaja. No recuerdo el nombre, pero trataba temas como las anestesias, los dolores crónicos, etc…

Que el toreo creaba muchos puestos de trabajo pues era cierto. Después de todo se toreaba mucho en todas partes. Pensando en aquel día en la plaza pues puedo ver que los que habían montado aquel tinglado pues habrían trabajado, se cobró una entrada, había gente vendiendo cosas en la misma plaza, el torero tenía un trabajo y sus representantes también, la gente que crió a ese toro y demás… en fin, que podemos ver empleos directos e indirectos fruto de esta actividad.

Lo de que el toro disfrutaba… pues mira, que un bicho disfrute con su propia tortura pues encaja con lo del dolor: es antinatural eso y una desventaja evolutiva enorme. Es ilógico pensar que fuese cierto.

Quedaba lo de que si no se torease el toro bravo desaparecería. Pues… depende.

La carne de toro no se consume, pues la testosterona hace que tenga un sabor raro, pero la de vaca sí. Actualmente no existen (al menos en territorio nacional, y hasta donde yo se) vacas y toros en libertad, “salvajes” (entendiendo esto como naciendo, creciendo, reproduciéndose y muriendo sin intervención alguna del hombre) ¿Puede su carne ser aprovechada? ¿Es mejor que la que consumimos actualmente? ¿Y su leche?

Si esta raza tiene salidas comerciales en la industria cárnica y lechera pues no tiene por qué desaparecer. Si no las tiene pues le pasará como a el Uro o esa raza de gallinas que ponían huevos cuya yema era de color verde sin necesidad de una dieta especial. Al parecer esos huevos eran deliciosos, pero ya no existen.

Pues sí, se extinguiría si nadie procurase reservar su raza. Así como se extinguen muchas  especies enteras, pues esta raza se perdería. Decenas de razas de perro se han perdido a lo largo de los siglos y no oigo a nadie llorando por ello. Pero preservar o tener una raza cuyo único destino sea el de sufrir pues me parece bastante cruel.

Cuando la gente, vegetariana o vegana, me hace la pregunta de “Si tuvieses que matar tu al cerdo o a la vaca que te tienes que comer ¿Lo harías?”, pues sí. Más que nada porque ya he ayudado a hacerlo. Lo vegano y vegetariano viene dado por el privilegio primermundista de poder elegir qué vas a comer cada día.

Sin embargo, jamás torturaría de esa forma a un animal porque sí. No tiene sentido. Ni propósito. Puede dar trabajo a gente, pero esa gente se puede reubicar. Así es el progreso. Si no fuese así viviríamos en un mundo cuyos coches serían carros de caballos. El toro sufre. Cualquier animal lo hace. Es inútil negarlo. Y sí, puede que esa raza se extinga, pero no tiene sentido mantener a una raza para torturarla ¿Que son muy fieros? Totalmente falso. Cualquier criador o veterinario te dirá que son como perros de 600 kilos.

Que eso es otra, el supuesto valor del torero toreando a esos perros de 600 kilos ¿Qué tal si hacemos un híbrido entre un macho de vaca lechera (super agresivos) y un Belga azul? ¿Que no sabes como sería? Pues saldría algo como esto pero con cuernos.

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Una gatling te va a hacer falta para torear esto. Y picadores con lanzallamas.

Así que, señor amante del toreo del Siglo XXI, si eres un puto sádico que te gusta ver sufrir a esos bichos, admítelo. “Me importa una polla que el toro sufra”, “me pone palote ver la sangre y al torero haciendose el gallito”. Dilo. Pero no te inventes mierdas, porque eso no sólo no te libra de ser un sádico, sino que además te hace ser un hipócrita.

Esperemos que la tal “fiesta” pronto de sus últimos estertores.

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Un comentario sobre “Estertores.

  1. Oye, oye, un par de cositas:

    «El toreo crea muchos puestos de trabajo»: Crea algunos puestos de trabajo (antes más), pero también hay que tener en cuenta que si deja de haber corridas la gente organizará cualquier otra fiesta en vez de quedarse en casa de brazos cruzados, por lo que unos puestos de trabajo se sustituyen por otros.

    «La carne de toro no se consume»: Eh, eh, eh. El rabo de toro es probablemente lo más conocido. Me ha hecho gracia de ese artículo la siguiente oración: «Hasta ahora, la gran parte de la carne de los toros de lidia de España se utiliza para las hamburguesas que estamos acostumbrados a comer en distintos locales porque es una carne muy rica y además es muy barata.»

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