Tanaka

El señor Tanaka, de 39 años de edad, reside tranquilamente en una pequeña casa de verano perdida en el bosque con su bienamada esposa, la señora Tanaka, de 40 años. Hace un buen día de primavera, bastante cálido a pesar de las numerosas nubes que cruzan el cielo. El señor Tanaka insistió en pasar unos días allí “para poder ver el paisaje en flor”, decía. La verdad es que no pudo haber elegido día mejor que aquel. El señor Tanaka es rico. Posee una gran fortuna… bueno, más bien su mujer posee una gran fortuna. El señor Tanaka es inversor. Gracias al dinero proporcionado por la rica familia de su mujer el señor Tanaka logró tras un par de arriesgados negocios amontonar una pequeña fortuna a la que él declaraba como “suya y de nadie más”.

Pero en realidad las capacidades intelectuales del señor Tanaka no llegaban al mínimo exigido como para ser inversor, así que sólo era un tipo con suerte. De esta forma el dinero empezó poco a poco a agotarse, la pareja empezó a discutir y su pequeño mundo color de rosa empezó a venirse abajo.

El dinero del señor Tanaka era del señor Tanaka, pero la deuda que se estaba acumulando era ahora de los dos, lo cual molestó enormemente a la señora Tanaka. Su marido no paraba de repetir que lo habían engañado, que si aquel tipo hubo hecho esto o aquello, perjuraba sobre trampas e injusticia. Pero su mujer sabía que todo aquello era solo un autoengaño, y que su marido es solo un pobre idiota. Cuando él era sólo pobre no hablaba así, trabajaba duro arreglando grifos y cañerías aún sin saber de la fortuna de su amada. Hablaba sobre comprar una pequeña casa en la que los dos vivirían alegremente. “¿Dónde ha quedado ese sueño?” se preguntaba su mujer mientras se paseaba por el bosque.

Decidió alejarse del mal ambiente que había en la casa a pesar del buen día, pues el señor Tanaka no parecía estar de muy buen humor. El señor Tanaka, tras discutir (otra vez) con su mujer cortaba el cesped de su pequeña finca intentando espantar a los demonios de su mente. Recuerda sus días de fontanero y el cómo le ilusionaba su sueño de apañar una pequeña casa para él y su esposa mientras desatascaba un retrete o arreglaba una alcantarilla. “¿Porqué no me dijo que era rica?”, pensaba a veces “Podría haberme ahorrado todos aquellos trabajos tan humillantes y hoy por hoy seríamos diez veces mas ricos, y mi deuda quedaría saldada con solo sacar un cheque”.

El señor Tanaka odia a su esposa por aquellos años en los que sufrió por ella y por los que, según él, sufrió en vano.

Las nubes se han levantado. El sol aprieta con fuerza. “¿Qué es este calor?” pensaba Tanaka “Pareciese que estuviésemos en verano”. Efectivamente, aquel calor no era usual en esa región. El señor Tanaka odia el calor.

Oscurece. La señora Tanaka vuelve de su paseo. Al anochecer refresca y la señora Tanaka enciende el fuego. Tras cenar, sacan el vino y olvidan la discusión que tuvieron aquel día. “Al menos ella no sospecha nada”, pensó Tanaka.

La señora Tanaka piensa en la discusión de aquella tarde mientras su marido parece muy acalorado hablando sobre la ardua tarea que le supuso cortar el poco cesped que hay en la casa y sobre como deberían haber sembrado más terreno para que él pudiese jugar al golf y además de otros, como él los llamaba, “pasatiempos de nuestro nivel”. “¿Qué dijo sobre no renunciar a ‘ellos’?” pensaba la señora Tanaka acerca de la discusión “¿A que se referiría?”. La fortuna de la familia de la señora Tanaka, muertos sus padres, comenzaba a disminuir peligrosamente por culpa de las inversiones de su marido. Ella no quería ser pobre como lo él lo fue. Si su marido tenía un plan B tenía que saberlo, así que sacó a la mesa el tema.

Le preguntó acerca de qué estaba tramando. Su marido rehuyó sus preguntas, pero ella se puso muy insistente. Al final volvieron a discutir, su marido se quedó abajo y ella se fue irritada a la cama.

Al señor Tanaka hay algo que le preocupa. Su mujer ha hecho muchas preguntas. Quizás sabe algo. Quizás lo sabía desde el principio. Quizás lo sepa todo y que “ellos” ya no estén. Se están quedando sin dinero, y sabe que eso a ella le aterra tanto como a él. Quizás le traicione y pague la deuda con “ellos”, se divorcie y se case de nuevo con algún ricachón. Todavía a sus cuarenta años es una mujer bastante atractiva y no le resultaría difícil, a pesar de usar esas pelucas tan horteras. No puede más, tiene que comprobar que “ellos” están a salvo. Coge las llaves del garaje y se dirige a él.

La señora Tanaka escucha abrirse el garaje y se asoma desde la ventana del dormitorio, que da justo encima de este. Es tan grande que el lateral del garaje linda con el bosque, pero puede ver como su marido entra. Le extraña este comportamiento y se queda observando. Escuchó el sonido de mover cajas. Luego el silencio. Tras hora y cuarto vuelve a escuchar las cajas y ve de apagarse la luz. Se apresura a acostarse. Se hace la dormida. Ni siquiera se quita su peluca.

El señor Tanaka cierra el garaje y se guarda las llaves en los bolsillos, como él acostumbraba. Nunca se separaba de ellas. Los escondía ahí porque al tener él las llaves evitaba el robo y la fuga con “ellos”. Pero no está tranquilo. No puede estar tranquilo con el propio enemigo viviendo bajo su mismo techo. Su mujer podría habérselos quitado. Podría haberlo hecho. Podría haberlo descubierto todo. ¿Qué pasaría entonces? El señor Tanaka sabía que su mujer mantenía aún “poderosas” amistades y que podía dejarlo otra vez como lo encontró, como si nada de esto hubiese pasado jamás, como si su matrimonio hubiese sido un profundo sueño del que pronto le harían despertar.

No puede subir arriba a dormir con aquella a la que consideraba a la vez el diablo, pues podría quitárselo todo, y ángel, pues todo se lo había dado. Se quedó en el sofá, sentado frente al fuego ¿Por qué tenía tanta calor?

Entonces se le ocurrió algo. Algo muy sencillo. El plan perfecto. No debe renunciar a su preciada posesión. No hace falta. Porque el señor Tanaka es rico. O mejor dicho, su mujer es rica. Su seguro de vida vale millones. Al señor Tanaka le sobran posesiones. Solo hay que deshacerse de una para mantener la otra. Así de fácil.

Por eso la señora Tanaka debe morir.

Está decidido. Mira a sus palos de golf y coge uno. Sube a la habitación. “Cariño ¿estás despierta?” pregunta. Su mujer nota algo peligroso en su voz y se yergue rápidamente sobre la cama para un instante después caer de nuevo desplomada.

Lo ha hecho. El señor Tanaka lo ha hecho. Ha matado a su mujer. Le ha dado un buen golpe en la cabeza, seguro que no se levanta. Está muerta. La ha derribado de la cama de un solo y certero golpe. La moqueta se empapa de su sangre. Rápidamente llama a la policía. “¿Policía? Corran ¡Alguien ha matado a mi mujer!” dice. Podría haber dicho cosas mejores, su coartada podría haber sido mejor, pero en realidad las capacidades intelectuales del señor Tanaka no llegaban al mínimo exigido como para ser un asesino.

Pasa el tiempo. Él espera junto a la ventana abierta. Parecía que aquella insoportable calor que le consumía iba cada vez mas en aumento. No podía aguantarse mas. Sin darse cuenta, la sangre de su mujer ha llegado a sus pies y le han manchado las zapatillas. Mira al suelo y ve el reguero de sangre. No está el palo de golf. Mira a la cama pero lo único que ve es a un palo de golf acercándose a su cabeza.

Cae por la ventana, rueda por encima del techo del garaje, cae sobre un bidón y luego al suelo. En la mano sostiene la peluca de su mujer. Había intentado arrastrar a su mujer en la caída, pero eso fue lo único que consiguió. Se apoya en el bidón y se levanta. Deja la peluca. ¿Como puede ser? ¡Su mujer seguía viva! Debe de huir lo más rápido posible con su tesoro. Corre a la puerta del garaje y se apresura a sacar las llaves, pero se le caen. Intenta buscarlas ayudado por la poca luz que salía del salón, cuya lámpara seguía encendida.

La señora Tanaka ha despertado. Su marido ha intentado asesinarla ¿Cómo es posible? Debía ser por aquello que ocultaba. Parece que la peluca ha amortiguado el golpe evitando que fuese mortal. Maldito bastardo. Seguro que intentaba divorciarse y huir con lo que fuese, dejando a ella con la deuda. Pues no sería así. No señor. Allí estaba el muy cabrón, tomando el fresco junto a la ventana. Que hijo de puta. La señora Tanaka se levanta silenciosamente y coge el palo de golf con el que la habían golpeado a ella. El tío no ha escuchado nada. De repente, su marido mira al suelo sin razón aparente y ella le sacude lo mas fuerte que puede. El señor Tanaka al caer intenta arrastrarla, pero solo consigue su peluca. Cae por la ventana encima del garaje. El techo redondo de éste hace que caiga hacia el otro lado.

La señora Tanaka baja apresurada las escaleras.

El señor Tanaka busca las llaves del garaje y por fin las encuentra. Cuando va a recogerlas mira hacia a un lado. Es su mujer. Y lleva su palo. Intenta defenderse a base de arañazos, mordiscos y tirones de pelo, pero no puede. Es su fin.

La señora Tanaka golpea al señor Tanaka hasta la muerte. Deja el palo a un lado y registra el cadáver de su marido. Está algo confusa a causa del golpe pero sabe muy bien lo que hace. Le quitaría a su marido lo que quiera que tuviese, pagaría la deuda con ello y con lo que le sobre pagaría un buen abogado que demostraría que todo aquello fue en defensa propia. Así que va a buscar las llaves del garaje.

Entra en la casa. Las llaves no están. Su marido debe llevarlas encima. Lo registra y no las encuentra. Vuelve a mirar el palo de golf. A pesar de que es ligero supuso que podía reventar el débil candado de aquella puerta de madera. Hace palanca y arranca el candado, rompiéndolo y rompiendo la puerta. Suelta el palo y registra en las únicas cajas que hay allí. Encuentra una pequeña bolsa de cuero y la vacía sobre su mano. El contenido es pequeño y ligero, pero hermoso. Son diamantes. Doce brillantes diamantes de valor incalculable. Esa debe ser la preciada posesión de su marido. El motivo por el que había intentado matarla aquella noche.

Sirenas. La policía se acerca. La señora Tanaka sabe que si la encuentran allí con aquellos diamantes en la mano y un palo de golf con sus huellas ni ella podrá escapar de la cárcel. Hay que huir, y deprisa.

Coge el palo de golf y lo limpia con su ropa, lo deja con cuidado a un lado del cadáver. La policía está ya en la puerta principal y llaman a voces al señor Tanaka. La señora Tanaka se ve acorralada, pero no está todo perdido. Podría saltar por encima del garaje a la parte de atrás de la casa y huir bosque a través. Entonces se da cuenta de que está descalza. Sus delicados pies no podrán llegar muy lejos a través del bosque. Le quita los zapatos a su marido y sigue el plan. Sube hasta el garaje con ayuda del bidón sin ponerse los zapatos temiendo que la descubran pues ya está terriblemente cerca.

Salta. Amparada por la protección del inmenso garaje, se pone al fin los zapatos y huye lo mas rápido que puede sin saber que tras de ella va dejando un evidente rastro de sangre.

Al fin llega la policía, que descubre el asesinato.

Señor ¿No era la mujer del Señor Tanaka la víctima?
Es evidentedice el jefe de policía mientras se pone las gafas que sin gafas no veo un pimiento.
¡¡¡YEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH!!!

Anuncios

Un comentario sobre “Tanaka

  1. ¡Una tochohistoria salvaje! Si mi gran e incomprable poder deductivo no me falla, la señora Tanaka es la asesina.

    Poner gafas:¡¡¡YEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH!!!

    Por cierto, eso de “… y ve de apagarse la luz. ” te ha quedado muy andaluz.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s